HABITACIÓN CON VISTAS

Cada martes, a las 15:30 h, nos vemos en el hotel. Siempre en la misma habitación.

Yo llego primero y preparo el terreno: bajo la luz, ajusto la temperatura y pido que suban una botella de cava. Durante dos horas solo existe esa habitación: las cortinas cerradas, las sábanas revueltas, su colonia de azahar y el eco de nuestras risas ahogadas que desdibujan el ruido de la vida ahí fuera.

Salimos por separado, sacudiéndonos las arrugas de la ropa como quien limpia la escena de un crimen. Yo voy directo al colegio a recoger a los niños. En el coche me cuentan el examen sorpresa de mates, el gol en el recreo, la bronca con la profe.

Al llegar a casa, mi mujer ya está preparando la merienda. Nos saludamos con un breve beso y la tarde se nos escapa entre lavadoras, deberes, duchas y fiambreras para el día siguiente.

Cuando me acuesto, ella ya duerme. Me acerco despacio y me abrazo a su espalda. Suspiro. Todavía huele a azahar, mezclado con un ligero rastro de cava.

Ilustración realizada por Jorge Verdú Ayud

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