EL JARDINERO

Nuestro amor es un bonsái. Una estructura viva que necesita una poda constante para no desbordarse, para que no pierda la forma, el tamaño, la belleza. Cuando la conocí, ella era una criatura silvestre, llena de brotes innecesarios y ramas sin dirección que yo traté con paciencia.

A veces todavía ríe con esa intensidad que le descoloca la mandíbula; entonces yo apoyo mi mano en su nuca y ejerzo la presión justa de un aviso en morse: «te estás saliendo del tiesto». Y ella me mira y, poco a poco, su risa se va apagando hasta convertirse en un murmullo dócil, delicado, elegante. Es como ver caer las hojas secas después de sacudir el tronco.

En el coche, mira por la ventanilla, las manos quietas sobre el regazo, ofreciéndome su perfil perfecto. Viajamos en silencio, escuchando el ruido de los árboles de la alameda batiendo sus ramas al aire.

Camina siempre un paso detrás de mí. Siento su sombra pegada a mis talones, mansa y segura, porque sabe que yo la protejo. Como sabe también que mañana volveré a podar sus dudas si le brotan de nuevo. La quiero tanto. No puedo dejar que se convierta en maleza.

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