SIN ELECCIONES

Hace tiempo que no cuenta ovejas para dormir; cuenta los milímetros de suela que le quedan a las botas de su hijo. Dos en el talón, tres en la punta. Si el invierno se ensaña, tendrá que elegir entre la calefacción o el pegamento de contacto.

En el barrio la pobreza huele a detergente barato y a un orgullo que escuece. Lo sabe por la forma en que su vecina tiende las sábanas: siempre estiradas, ocultando los rotos con pinzas colocadas estratégicamente, como si el sol fuera un inspector de hacienda.

El supermercado ha instalado cámaras nuevas que siguen el rastro de la desesperación. Ella las mira mientras se queda quieta frente a las ofertas de «3 X 2» y hace cálculos para que el sueldo no se acabe antes que el mes.

Esta mañana, en la marquesina del autobús, el cartel de un político sonriente promete con letras doradas «RECONSTRUIR EL TEJIDO SOCIAL». Ella se mira las manos llenas de cortes invisibles de tanto zurcir una dignidad que nunca aparece en los telediarios. No necesita que reconstruyan nada, piensa, con que dejen de tirar del hilo basta.

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