Dicen que las cosas feas tienen su encanto, pero el jarrón que mi tía Pura me dejó en herencia era la prueba viviente de que esa frase es una mentira piadosa que alguien, seguramente guapo, muy guapo, se inventó para no herir sensibilidades ajenas. Era un trasto de cerámica alto como un niño de tres años mal alimentado, con un color entre marrón podrido y verde musgo que daba repelús. En el borde superior tenía unos grabados de pájaros que bien podrían ser gorriones, cuervos o palomas callejeras. Pero lo peor era su base, ancha y torcida, como si el jarrón hubiera intentado huir del horno y lo hubieran atrapado antes de llegar a la estación de autobuses. Mi tía Pura decía que era un recuerdo de su madre, aunque yo, que pasé más de un verano en su casa sorteando bolas de naftalina y comiendo galletas rancias a escondidas, no recordaba haber visto nada remotamente parecido a ese engendro. Cosas de la memoria, que es muy sabia.
Cuando mi tía Pura murió hace tres meses, me lo dejó a mí. No sé si fue una muestra del cariño que me profesaba o una venganza póstuma porque descubrió lo de mis galletas a escondidas. El testamento lo decía bien claro: «A mi sobrina Clara, el jarrón de la abuela». A mi madre, que estaba sentada a mi lado, se le escapó una risita seca y maloliente y me dio unas palmaditas en el hombro muy poco reconfortantes.
—Seguro que sí, que el jarrón estando contigo, contigo, contigo se siente felizzz —lo dijo tarareando la canción de Conchita Bautista y se fue dando alborozados pasos de baile a servirse un café, como si quisiera festejar que acababan de condenarme a cargar con un muerto de barro. Mis primos, que se repartían la vajilla buena y un reloj de pared que al menos conservaba un cuco dentro bastante aparente —mudo, sí, pero aparente—, me miraban con esa mezcla de lástima y alivio que te dedica la gente cuando te toca el premio de consolación en una rifa de barrio.
Me lo llevé a casa. ¿Qué otra cosa podía hacer? Vivo en un piso minúsculo en el extrarradio de Marbella, un lugar prohibitivo para los turistas alemanes y en el que la brisa marina se niega a entrar sin guardaespaldas, con un salón parecido al de una casa de muñecas y una cocina donde el microondas y yo hemos firmado un pacto de no agresión. Lo coloqué en una esquina, junto al sofá, con sus pájaros desvaídos mirándome fijamente, como si me reprocharan que no lo tirase por la ventana para que ellos pudieran al fin volar libres rumbo a Puerto Banús. Intenté ignorarlo, pero era imposible. Cada vez que pasaba por delante, tropezaba con su base torcida y me acordaba de la tía Pura. De sus tés aguados servidos en una taza descascarillada. De las galletas rancias. De la madre que la parió.
Estaba casi a punto de acostumbrarme a su presencia cuando mi vecina de abajo, la señora Encarni, subió a quejarse por el ruido. La señora Encarni es una mujer bajita y redonda como una pelota de playa hinchable, con el pelo quemado por el tinte rubio ceniza que hace juego con el dorado de la montura de sus gafas. Las gafas se le resbalan por la nariz cada dos frases y media y se las sube, como si tuviera un tic, con el dedo índice de la mano derecha, el mismo dedo que utiliza para apuntarte justo antes de ametrallarte con su mal humor. Después de estar con ella, siempre me lavo inmediatamente para borrar todo rastro de sus maledicencias y los perdigones de babas que escupe al hablar. Llamó a mi puerta un martes a media tarde. Vestida con una bata guateada color chicle de fresa y los rulos calientes en la cabeza, parecía recién escapada de una caricatura.
—Pero Clara, ¿tú qué tienes aquí arriba, un elefante bailando flamenco? —dijo sin saludar y extendiendo su dedo índice hacia mi pecho después de subirse las gafas—. Llevo unos días oyendo golpes y mi Paco no puede dormir la siesta tranquilo. Y si mi Paco no duerme la siesta, yo me encargaré de que tú no duermas tranquila durante los próximos tres años —se subió de nuevo las gafas—, ¿te ha quedado claro?
Me quedé mirándola extrañada. ¿Golpes? ¿Qué golpes? Mi cerebro iba a la velocidad del rayo de una tormenta seca en busca de una explicación. Cliqui-ñicgg-cling, (lo siento, mis neuronas hacen un ruido de engranaje oxidado al pensar). ¡El jarrón! Claro, mis tropiezos con el jarrón. Me sujeté agarrándome al pomo de la puerta para evitar caerme redonda al suelo. No podía contarle —no, a ella no— que me peleaba con un jarrón más feo que el nieto de ET, así que murmuré algo sobre cambiar los muebles de sitio y prometí tener más cuidado. Ella gruñó, se ajustó las gafas y se fue escaleras abajo, dejando tras de sí un rastro de olor a sofrito que me recordó el reseco, solitario y triste sándwich que yo tenía para cenar.
Esa noche me puse a ver una serie en el portátil con el volumen muy bajo para no provocar otra visita de la señora Encarni, pero al ir a buscar un vaso de agua, tropecé una vez más con el jarrón. El golpe fue seco, un clock que en medio de la oscuridad sonó a toque de difuntos. Me quedé paralizada, esperando que cayera y se rompiera en mil pedazos, pero solo se tambaleó como un artero tentetieso antes de recuperar de nuevo su lugar. Maldije hacia dentro, me froté el dedo gordo del pie y decidí con todas mis ganas de procrastinadora que establecería un plan para librarme de él. No podía seguir viviendo con un trasto que me atacaba en mi propia casa.
Al día siguiente lo bajé al trastero. El ascensor estaba averiado y tuve que cargar con él por las escaleras sudando como un turista en agosto subiendo desde la playa de la Fontanilla hasta la Plaza de los Naranjos y rezando para no encontrarme con ningún vecino. Lo dejé al fondo, entre una caja de libros que compré en un ataque pretencioso de intelectualidad y una lámpara de pie coja, y cerré la puerta con un alivio que me duró exactamente tres días.
El sábado por la mañana me telefoneó mi madre. Su voz tenía ese tono de «hazme caso y nadie saldrá herido» que usaba cuando me obligaba a comerme las acelgas de pequeña.
—Clara, ¿qué has hecho con el jarrón de la tía Pura? —preguntó sin rodeos.
—Lo tengo guardado. —Mentí a medias; no me atrevía a confesarle que lo había desterrado al trastero como a un pariente incómodo.
—Pues quítale el polvo, que voy a pasarme por tu casa esta tarde y quiero verlo. Ya no recuerdo lo feo que era y tengo ganas de reírme un rato.
Se me puso un nudo de marinero novato en el estómago. Colgué y bajé deprisa al trastero a recuperar el repulsivo jarrón. Cuando lo volví a colocar al lado del sofá, me pareció que los pájaros me miraban con más desprecio si cabe, convencidos ya de que los había abandonado a su suerte, a su mala suerte. Mi madre llegó a las cinco en punto, con una bolsa de magdalenas de un todo a cien y esa cara de «no me mientas, que te conozco» que me da una alergia terrible, porque me lleno de ronchones colorados y me tiembla el párpado del ojo izquierdo. Se plantó delante del jarrón, lo observó como a una cucaracha infecta y asintió satisfecha.
—Muy bien. Tu tía Pura estaría contenta —dijo, y agotada por el piropo, se dejó caer en el sofá a contarme chismes de sus amigas que no me interesaban lo más mínimo mientras yo, ora miraba al jarrón, ora a mi madre, incapaz de decidir a quién de los dos prefería. El jarrón era feísimo, cierto, pero al menos estaba callado.
Ya era de noche cuando se marchó. Al ir a apagar la luz, mi pie chocó de nuevo contra la base torcida del jarrón y el clonkkkkk resonó como un batintín gigante, seguido de un grito de la señora Encarni: «¡Clara, esta vez te vas a enterar! Lo juro por los hijos que no tengo». Desde la ventana vi la silueta de su dedo apuntándome y entonces supe que tenía que librarme del jarrón. La señora Encarni me daba casi más miedo que mi madre. Así que, muy a mi pesar, me decidí a venderlo.
El lunes lo llevé a la tienda de segunda mano en la que trabajo como dependienta fija discontinua. Es un sitio lleno de trastos que la gente abandona con la esperanza de que alguien los adopte y les dé el cariño que a ellos se les ha acabado. Pensé que el jarrón encajaría perfectamente entre las linternas de petaca, los vinilos rayados y las soperas rococó con flores alicaídas. Lo dejé en el mostrador, le puse una etiqueta con el precio, cinco euros, y esperé a que algún alma bondadosa, de esas que dejan un fragante reguero de amor a su paso, se lo llevara.
Pasaron dos meses sin que nadie se interesara por él, durante los cuales las burlas de mis compañeros fueron en aumento.
—Clara, esto qué es, ¿un experimento fallido o una condena a cadena perpetua?
—Tu tía tenía que odiarte muchísimo, ¿no?
—Bien mirado, han retratado a la perfección los pájaros de tu cabeza.
Hasta que un día una muchacha con un piercing en forma de estrella fugaz clavado en la nariz y los brazos tatuados como un bestiario ambulante de criaturas híbridas, se paró delante de él. Lo miró, lo giró, lo olió y exclamó con una voz que parecía recién salida de un pentagrama:
—Me lo llevo. Es perfecto para mi colección.
—¿Colección de qué? —pregunté incapaz de contenerme.
—De cosas raras. Tengo un blog donde subo fotos de objetos estrafalarios, pero cargados de historias. Y este tiene pinta de tener muchas cosas que contar. Solo hay que pararse a escucharlo. —Y se lo acercó al oído un rato largo—. Sí, definitivamente lo llevaré a la feria Art Space, será la pieza central.
Le cobré los cinco euros, envolví el jarrón en papel de periódico y se lo di con una sonrisa que era mitad alivio, mitad incredulidad y mitad pena. Por primera vez en semanas, respiré tranquila.
Pero la paz siempre dura poco. Mi madre me manda un mensaje de wasap con un enlace a un blog que ha encontrado «surfeando» por Internet, como le gusta decir a ella. Abro el enlace y ahí está. El jarrón de la tía Pura. Mi jarrón. Sobre un fondo blanco roto y con un texto en letra cursiva al pie de la foto que reza: «Pieza única. Diseño que desafía cualquier lógica estética. Genuino. Una obra de arte». Y, a continuación, decenas de comentarios: «Es horrendo, pero tiene algo que enamora»; «Parece sacado de una pesadilla que termina bien»; «Yo lo pondría en mi salón solo por las risas; últimamente estoy muy depre»; «Menuda pasada, colega»; «Ideal para regalárselo a mi cuñado».
Me quedo conmocionada mirando la pantalla. Me tiemblan los labios, las rodillas, algo por dentro que no sé identificar. Mi madre, que no está acostumbrada a que no le contesten, llama por teléfono: «¡Clara, es famoso! ¡El jarrón es famoso! Seguro que vale una millonada. ¡Eres rica, hija! ¿Por qué no vienes mañana a casa a comer y hablamos?, he comprado unas acelgas fresquísimas». No sé si reír o llorar. La cuelgo por primera vez en mi vida y me sirvo un café con mucho azúcar. Mientras lo remuevo con la cucharilla me da por pensar que, si el jarrón ha encontrado su lugar en el mundo, quizá yo, algún día, deje de tropezar con las esquinas de mi propia vida.
1.er Premio en el XII Concurso de Relatos Marbella Activa.

20 ideas sobre “PIEZA ÚNICA”
Una venganza sin duda😂😂, me ha encantado. Se veía venir el final pero lo cuentas de una manera tan genuina y genial que el relata engancha hasta la última palabra. 👏👏👏
Es que hay finales que tienen muchos principios. Y cualquiera los camufla, ¿sabes?
Te reto a que le hagas al jarrón un «visual thinking» de esos tan chulos y que, en tus manos, parecen tan fáciles. 🟧🔻◼▪▫➖
Acepo el reto 😉
👏👏👏
What a wonderfully vivid and entertaining piece of writing. Your narration sparkles with sharp wit and rich imagery, turning every detail into a scene the reader can clearly see and almost step into. The description of the vase is especially brilliant—grotesque, amusing, and oddly endearing all at once, making it feel like a character in its own right.
Thank you so much for your kind and thoughtful comment —it really means a lot to me. You’re absolutely right: that vase isn’t just a detail, it’s the real protagonist of the story; without it, the whole thing wouldn’t exist. I’m so glad you enjoyed reading it, and that the tone and images worked for you. Also, thanks to your comments in English, I’m learning a little more with every line. I truly appreciate your words and your attention to the story.
Sigo envidiando esa facilidad que tienes para hacer fácil lo que es difícil: enganchar desde la primera palabra hasta la última. ¡Enhorabuena Margarita!
Por cierto, no es horroroso el jarrón, es lo siguiente…
¡¿No te gusta mi jarrón?! Pues no entiendo por qué. Mi tía Pura se estará revolviendo en su tumba.
Después de escribir esta historia, reconozco que yo terminé por cogerle cariño. Aunque sigo tropezando con las esquinas.
Me alegra saludarte, Guillermo.
Vaya familia, Margarita. Entre la madre, la tía y la vecina, dan ganas de estamparse el jarrón en la cabeza para dejar de aguantarlas😂😂😂Y la pobre venga a chocarse todo el rato. Ay, qué lástima. Bonita frase final la de tropezarse con las esquinas de la vida😁Enhorabuena por el merecido premio😘😘
Hay demasiados pájaros en esa familia. Y muchas alas cortadas, me parece a mí. Y si no que se lo pregunten al jarrón. Con lo fácil que sería cambiarle de sitio para dejar de tropezar, y de darle golpes al pobre. ¿Por qué será que no lo hacemos? 😘😘
Margarita cuántos más largos, más buenos son. ¡Qué gran escritora eres!
Me alegra leer tus palabras, Juanma. Tengo muchas dudas cuando las mías exceden de cien. ¡Gracias!
Bueno, ese jarrón guardado en el trastero para no verle y de repente se hace famoso y de colección. Una historia fantástica con final sorprendente. Genial, un abrazo.
Nunca sabes lo que te deparará el futuro. Por suerte.
Muchas gracias, Marylia.
Un abrazo
No te lo vas a creer pero tenemos en casa un jarrón chino casi tan alto como yo, feo como un demonio, pero que a mi santa le encanta porque es herencia de su abuela. ¡Hay que ver qué casualidades!
Menos mal que lo tenemos en una esquina con la que no podemos tropezar, por lo que, en nuestro caso, esa herencia incómoda no refleja nuestros tropiezos en la vida, tal como parece reflejar los de la protagonista de tu relato en esa metáfora tan sutil que nos planteas en tu narración.
Fantástico, no me extraña nada que hayas ganado el primer premio.
Un beso
Esa historia vuestra no la sabía yo. Algo tendrá el jarrón. Y la abuela de tu santa. Tiene pinta, vuestra historia, de tener un argumento mucho más amable que la de la tía Pura; y sin tantas esquinas. Bueno, conociéndoos, no me cabe duda.
Queda pendiente que me presentéis al jarrón. Y celebrar por las buenas historias de la gente buena.
Un beso
Qué relato más chulo. El final sublime u esta vez la que se ha reído he sido yo!! Felicidades, como siempre eres única.
Besicos muchos.
Nada mejor que provocar unas cuantas carcajadas. Son terapéuticas. Y contagiosas.
Muchas gracias, Nani 😍
Un beso enorme
¡Me he reído cantidad!! Pobre jarrón, pobres pájaros. Pero al menos ya la narradora está libre de la furia de la Encarni 🙂
Solo con leerte, me he reído yo también. Como le he dicho antes a Nani, no hay nada más contagioso que la risa. Y qué a gusto se queda una. Bueno, una y los pájaros de la cabeza.
Abrazazo, Teresa