HISTORIAS DE AMOR

Como en todas las historias tristes que se precian, la lluvia arrecia en el momento de darle sepultura y el pequeño grupo se dispersa rápidamente en cuanto el cura termina el responso. Tan solo ella permanece con la mirada clavada en la tierra recién removida. Coloca una rama de brezo sobre la tumba y se dirige hacia la loma que subían juntos cuando el calor no les dejaba dormir. Desde lo alto contempla por última vez el pueblo con sus casas de piedra y las altivas chamineras. A pesar de la cortina de agua, no le resulta difícil distinguir al moñaco que, con los brazos abiertos, señala el que ha sido su hogar durante los últimos años. Pero ya nada la retiene allí. Con paso decidido, se acerca al solitario fresno en cuyo tronco todavía pueden leerse las iniciales de sus nombres desgastados y desentierra su vieja escoba. Sin volver la vista atrás, levanta el vuelo y se pierde entre las nubes. Es entonces cuando el moñaco baja los brazos y comienza a llorar desconsoladamente.

Accésit en el XII Concurso de Relato Breve de Heraldo

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