CARTAS CONFINADAS

He tenido la suerte de que Miguel Ibánez me haya pedido que escriba en la sección «Cartas confinadas» de su blog ELBOLSILLODELACHAQUETA.BLOGSPOT.COM y este ha sido el resultado:

(Os recomiendo que no os perdáis el resto: hay cartas tiernas, divertidas, melancólicas, reflexivas,… En suma, una caricia leerlas. Y me atrevería a decir que en cada una de ellas hay escrito un trocito de nosotros).

 

CONTANDO LOS DÍAS

«Escribe y nos cuentas algo», me dice Miguel con su mejor letra sans serif.

«Vale», le contesto muy bajito. Y me quedo pensando un rato, dos, tres.

Y lo único que se me ocurre es contar el número de muertos. Entonces tacho y vuelvo a empezar.

Uno, dos, tres,…

Desde hace días, no sé cuántos, duermo con un ojo abierto por el que se me escapan los sueños. A veces incluso tengo que cambiar las sábanas antes de que amanezca. Me levanto cansada. Cansada y contenta de no ser uno de esos números que engrosa la estadística diaria.

Cuatro, cinco, seis,…

No voy a la oficina. Ya no. Primero cerramos las puertas con nosotros dentro. Después los de dentro fuimos disminuyendo en número a medida que aumentaban las licencias del teletrabajo, el frío, el silencio y los espacios vacíos. Hasta que solo quedamos dos. Y cuando llegó el día uno del mes cuatro, también nosotros dos nos fuimos a casa.

Desde entonces las mañanas las paso pegada al teléfono. Al otro lado del auricular, un montón de voces anónimas me entregan su incertidumbre, su nombre y todo lo que les pida con tal de que les desenrede el nudo del estómago y les ayude a hacer cuentas con los escasos números que han conseguido rescatar de sus trabajos perdidos.

Siete, ocho, nueve,…

La siesta me ayuda a dejar de contar.

A veces.

Diez, once, doce,…

Y cuando abro los ojos, estiro el brazo, enciendo el libro y leo cuentos hasta que anochece en el salón.

Trece, catorce,…

Toca levantarse del sofá.

Encender la luz.

Mirar el correo.

Dar una vuelta por las redes.

Terminar un par de tareas.

Sacar al loro y jugar con él.

Quince, dieciséis, diecisiete,…

Pienso que tengo que limpiar el polvo y anotar regaliz, harina y una botella de espantamiedos en la lista de la compra. También poner un par de lavadoras.

Pero eso mañana. Ahora toca hacer un recuento de mi gente.

Dieciocho, diecinueve y…

Falta uno.

Vuelvo a contar, por si acaso.

No está.

Se fue.

Lo sé y aun así vuelvo a contar otra vez.

Por suerte pude despedirme, pienso.

Y lloro dichosa.

Y lo cuento.

Y os lo cuento.

 

Porque no poder despedirse de los muertos es…

Eso es incontable.

 

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