DAVID

Me conquistó nada más verlo, tan desnudo, tan perfecto, tan sin vergüenza. Imaginé sus caricias de manos grandes recorriendo cada centímetro de mi piel sedienta, y los rizos de su sexo, despeinados como helechos en primavera, buscando refugio entre mis piernas.

—¡Huyamos! —le supliqué con tono febril. Pero él respondió con un silencio secular tallado a golpe de cincel sobre sus labios.

Regresé a casa triste y contrariada. Y allí quedó él, subido en su pedestal, mayestático, soberbio, sin desviar la mirada del camino, esperando que algún día regrese el escultor que se llevó con él su corazón de piedra.

1er premio en el I Concurso de Microrrelatos Juguetitos para adultos

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