FUTURO

Recuerdo perfectamente el día que nos marchamos. Aún no había amanecido, lloviznaba y el motor del coche se quejaba pasado de revoluciones.

«Demasiada carga», dijo mi padre quebrando el silencio. El volante se le clavaba en los nudillos y unas tímidas gotas de sudor le asomaban en las sienes. Mi hermano mayor tiraba por una rendija de la ventanilla migas de pan que le arrancaba al bocadillo y yo era incapaz de apartar la vista de la carretera, negra como el futuro.

Marcos, Adela y Fede, mis mejores amigos, se habían marchado el curso anterior, cuando cerró la escuela. Antes lo había hecho el panadero. Y el cura. Y el boticario. Solo quedaba la cantina, que hacía las veces de ultramarinos, correos y taxi.

«En la ciudad la niña podrá estudiar y labrarse un futuro», repetía mi madre como una cantinela mientras ordeñaba las vacas, lavaba en el río o entresacaba las lentejas. Y lo consiguió. Consiguió que nos marchásemos.

Al principio volvíamos en verano. Después fuimos espaciando las visitas. Y la distancia. E incluso los afectos.

Hoy hemos enterrado a madre. Ha sido todo muy rápido. Muy aséptico. Muy escaso. Mascarillas en lugar de abrazos y las ganas de llorar intactas.

De vuelta en casa, enciendo el ordenador. Tengo un montón de correos que contestar. Y una reunión en dos horas por Skype, pero antes llamo a Fede para preguntarle cómo va todo. Él también regresó al pueblo con su familia hace un par de años. «Ha sido niña», dice con júbilo en la voz.

Acaricio mi barriga despacio. Ya se empieza a notar el embarazo. Con suerte, no tardando mucho, la escuela volverá a abrir otra vez.

#historiasrurales #Zenda

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