SEIS DE JULIO

Hace tiempo que perdió la memoria, tanto que ya ni me acuerdo. Cada mañana se sienta en su butaca, al lado de la ventana, y mira sin ver. En raras ocasiones habla en alto, como para hacerse compañía. Después el mutismo lo inunda todo de nuevo y me ahoga. Así un día y otro. Cada año. Hasta que el seis de julio suena el chupinazo y se produce la magia. Con el ruido de la pólvora balanceándose todavía en el aire, vuelve sus ojos hacia mí y me reconoce. ¡Fermín!, dice, y mi nombre se abre paso sin dificultad entre su sonrisa. Me tiende sus manos arrugadas, las que tantas veces acariciaron mi cuerpo, y, como un niño huérfano, apoyo la cabeza en su regazo y me quedo muy quieto para no romper el hechizo. Has venido, susurra. Y lo repite lentamente, como en una letanía apenas perceptible mientras las calles se llenan de gente vestida de blanco y rojo que habla a voces y brinda por la fiesta recién comenzada. Pero ella no se da cuenta: ha regresado ya a ese lugar lejano, que ni siquiera aparece en los mapas, en el que habita. Y yo comienzo a cantar el “Pobre de mí”.

Dedicado a Angelita

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