El centinela da la voz de alerta con el tono reservado para las ocasiones importantes:
—Objetivo a la vista. ¡Todos a sus puestos!
Apuramos nuestros vasos de un trago y, con el regusto todavía a roble viejo en los labios, escondemos la botella y corremos a nuestras posiciones. Sancho se queda rezagado y regreso sobre mis pasos para ayudarle.
—¡Cuidado! —le advierto, y él se seca con premura una gota de sudor antes de que caiga sobre mi falda.
Al llegar a su sitio se derrumba sobre el taburete.
—Lo siento, mi cuerpo está demasiado viejo para tantas prisas y prosas —farfulla jadeante. Me encantaría darle una palabra de aliento, pero no encuentro ninguna cerca.
Me ajusto a toda prisa el corpiño, cubro mi melena con un pañuelo y entorno la puerta del molino. Justo a tiempo. El chico acaba de abrir el libro.
23 de abril. Día del Libro
