BANDERA BLANCA

En mi casa siempre hace frío, incluso en verano. Es un frío sutil, como el que desprenden los abrigos recién colgados en el perchero después de una tarde heladora. Mi padre dice que la culpa es de las paredes, que son demasiado endebles y dejan pasar el aire, las humedades y quién sabe qué más. Y ese «qué más» estalla en mi imaginación y lo deja todo perdido de sombras.

Mi madre se pasa las mañanas en la cocina; es su trinchera. Le gusta encender el horno sin nada dentro. Para entrar en calor, supongo. Yo solo piso la cocina para desayunar —bueno, y para poner la mesa—. En cuanto me ve, empieza con sus preguntas, una tras otra, como si disparara balas de fogueo, que no matan, pero aturden: ¿te has lavado los dientes?, ¿llevas los deberes?, ¿has recogido la habitación? Yo asiento con la cabeza, aunque ella esté de espaldas. Luego llegan las advertencias, que son peores, porque caen como un chaparrón de flechas: ¿seguro que has cogido las manoplas?, no te habrás puesto los zapatos nuevos, ¿verdad?, que luego los domingos vas hecha una pordiosera, ¿quieres otro bocadillo?, no te quedes con hambre, que estás creciendo y no tengo ganas de médicos. Tiene munición para rato. Apoyada en el fregadero, bebo el vaso de leche de un trago para salir disparada al instituto.

Mi hermano tiene suerte. Es especialista en pasar desapercibido. Se escurre de las conversaciones familiares con la misma destreza con la que esquiva las baldosas sueltas del pasillo. Solo aparece a la hora de comer. Él no mastica, deja que la comida se le deshaga en la boca y respira como si temiera gastar el aire. Cuando me acerco a hablarle, se lleva el dedo a los labios en señal de silencio y me dice que está entrenando.

—¿Entrenando para qué?

—Para ser invisible —susurra.

Los martes toca compra en el supermercado del barrio. Mi madre hace la lista con anticipación y recita las ofertas en voz alta como si estuviera rezando. Yo la sigo por los pasillos y bajo la cabeza cuando la charcutera le suelta con tono jocoso: «qué, ¿lo de siempre?» Y lo mismo la frutera. Y el del pan. «Lo de siempre» es siempre lo más barato. Pero lo peor llega en la fila de cajas. Mientras esperamos, observo el traqueteo de las cintas arrastrando los productos y se me seca la garganta. Cuando llega nuestro turno, mi madre rebusca las monedas en la cartera y a mí me toca meter la compra en las bolsas. Para eso me lleva, dice, pero yo creo que es porque ella ya no puede con tanto peso. A pesar de mis ensayos mentales —planeo cada movimiento una y mil veces—, se me parte la barra de pan o la leche aplasta las galletas o mezclo la lejía con los cereales o se me rompe algún huevo o todo a la vez y mi madre me llama inútil y me mira con el mismo asco con que se mira una cucaracha. Y camina muy deprisa y tengo que correr detrás de ella con las asas de las bolsas de plástico clavadas en las palmas de las manos.

Marzo es cruel. El frío cala con saña nueva. Mi padre está tumbado en el sofá, mirando el techo como si esperara un milagro. O una simple oferta de trabajo. En la tele echan un documental sobre el cambio climático al que nadie presta atención.

—¿Todo bien, papá? —La pregunta me sale sin pensar.

Gira la cabeza hacia mí, muy despacio, como si le doliera. Tiene los ojos rojos. Tocados. Hundidos. Se levanta con torpeza, camina hasta el perchero, levanta el brazo, duda y, sin llegar a ponerse el abrigo, sale de casa.

Fuera empieza a nevar. Mi hermano está junto a la ventana, inmóvil y tan callado que se confunde con un mueble. Sobre el vaho dibuja con el dedo una bandera blanca que poco a poco el frío va borrando, hasta dejar solo unas gotas resbalando por el cristal.

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