YO, ELLA Y ÉL

La primera vez que la vi yo aún tenía que ponerme de puntillas frente al espejo para peinarme el flequillo. Su mirada traviesa y descarada me congeló el corazón y sentí de pronto un miedo indefinido y unas irresistibles ganas de llorar. La odié incluso antes de conocer su nombre e intenté borrarla de mi mente porque el solo hecho de pensar en ella me hacía temblar. Encogerme. Apretar con furia los párpados hasta fundir las lágrimas. No conseguía dormir ni estudiar ni comer ni salir ni hablar ni concentrarme en otra cosa que no fuera ella. Y ella, testaruda y valiente, volvía a buscarme una vez y otra, infatigable, a pesar de encontrar la puerta siempre cerrada. Con el tiempo dejé los estudios. El entrenamiento. Los amigos. La ciudad. Mi familia. Quise también dejar de respirar. Tres veces. Y las tres veces ella apretó mi mano y esperó paciente a mi lado. Hasta que al final me atreví a mirarla directamente a la cara y comprendí. Comprendí que yo soy ella, no él.

Finalista en el concurso de Zenda #hombresyalgunasmujeres

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