EL REGRESO

Hacía tres veranos que padre había muerto cuando una noche se presentó a cenar. Lo miramos sorprendidos: mientras estuvo vivo, nunca llegaba a casa tan temprano. Madre nos pidió que le hiciésemos sitio, le puso un plato con restos, le partió pan y siguió con su cháchara. Él no probó bocado, tampoco habló, solo nos miraba con sus inexpresivas cuencas vacías. Después de recoger, le dimos las buenas noches y nos fuimos a dormir. Al levantarnos seguía sentado a la mesa. Madre le dijo que, si no pensaba comer, que se fuese al cuarto de estar, y nos sirvió el desayuno. Ya casi nos habíamos acostumbrado a su presencia cuando empezaron a castañearle los dientes. El ruido, tan parecido al de una máquina de escribir, nos impedía oír la televisión. Para evitar problemas, madre cubrió sus piernas esqueléticas con una toalla vieja y le anudó al cuello uno de sus pañuelos floreados; intentó ponerle también mis guantes, pero como eran demasiado pequeños, se le partían los dedos, así que desistió. Estaba ridículo, pero surtió efecto. Ya ha aprendido a bajar la basura. Y a fregar los platos. Es lo más parecido a un padre que hemos tenido nunca.

2.º Premio en el IV Concurso La toalla del boxeador.
Palabras: verano y guante.

 

De El regreso , el jurado ha dicho:

«El regreso nos presenta desde la primera frase una historia de fantasía dentro de un hogar lleno de realidades. El realismo mágico sobrevuela el ambiente con ese padre que ha vuelto de la tumba para, tal vez, limpiar sus errores pasados. La voz de los narradores, sus hijos, nos introduce en esa casa en la que, mientras ellos se van acostumbrando a la presencia esquelética del padre, cuenta el comportamiento de la madre, que trata la nueva situación con una naturalidad no exenta de ternura. El relato está escrito con un gusto exquisito. Da gusto ir leyendo frase a frase la evolución de la nueva vida en familia y cómo se va integrando en ella ese padre pródigo. Sazonado con pizcas del más fino humor, resulta un texto redondo, con un final que deja al descubierto la intrahistoria vivida por esos hijos en el pasado, y la esperanza de que, aunque muerto, ahora tengan lo más parecido a un padre. En resumen, una verdadera delicia.»

 

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