RITUALES

Hay gente que quema los apuntes en San Juan y gente que se quema la garganta atragantándose con las uvas en Nochevieja. Yo, este año, he decidido quemar puentes. No puentes metafóricos —de esos ya no me quedan—; hablo de los puentes reales que me unen a la civilización. A la civilización y a los grupos de WhatsApp. El de amigos de este año se llama «Nochevieja 2025: ¡Este año sí!». Original, ¿verdad?

El plan es el mismo de los once años anteriores: una casa rural que en las fotos parece el retiro de un poeta maldito y que, en persona, huele a humedad antigua y a rutina rancia. Trece adultos fingiendo que nos caemos bien mientras pelamos uvas y les quitamos las pepitas con la precisión inútil de un neurocirujano desesperado.

—Este año he traído ropa interior roja para todos —anuncia Marta.

Marta lleva tres divorcios y mantiene una fe inquebrantable en que tarde o temprano la industria textil solucionará su vida sentimental.

Me sirvo un vino que podría usarse como desatascador doméstico y le pregunto si el rojo del tanga es para atraer el amor o para que no se note la sangre cuando nos matemos antes de que suenen los cuartos. No se ríe. Nadie se ríe ya de mis chistes desde que dejé de asentir a todo.

A las 23:30 h. el ritual alcanza su punto álgido de estupidez. Santi, que ha descubierto el mindfulness a los cuarenta y cinco, propone que escribamos en un papelito «lo que queremos dejar atrás».

—Escribid aquello que os pesa —dice con esa voz de locutor nocturno que usa cuando quiere impresionar a las chicas—, aquello que os impide ser vuestra mejor versión.

Cojo el papel. Miro a Santi, con su jersey de renos y su optimismo fosforescente. Miro a Marta, rebuscando en el bolso algún anillo para meterlo en la copa de cava, convencida de que los metales preciosos atraerán la riqueza que su sueldo de administrativa le niega. Miro la televisión, donde una presentadora vestida de burbuja de champán nos asegura que el 2026 va a ser «nuestro año». Si es nuestro, me pregunto, qué pasa con los demás.

Escribo una sola palabra en mi papel: «VOSOTROS».

Doblo el papel con cuidado, casi con educación, como lo haría con una nota de despedida. Cuando llega el momento de arrojarlos a la chimenea encendida, espero a que estén todos ocupados abrazándose y deseándose felicidades y futuros impecables. Lanzo el mío. La llama lo devora. Aprovecho el ruido de los petardos que alguien tira en la calle para salir a la terraza.

Hace un frío de justicia, de esos que te recuerdan que estás viva porque te duele la cara. Me quedo allí, sola, escuchando los gritos de júbilo que llegan desde el salón. Hace algún tiempo también yo gritaba con esa placidez, con esa inconsciencia. Ya son las 00:10 h. El 2026 acaba de llegar y, por lo que puedo oír, parece que sigue siendo igual de insustancial y ruidoso que el anterior.

Bajo los escalones de la entrada sin hacer ruido. Mi coche es el único que no está bloqueado. Arranco. En la radio suena un anuncio de colchones. Sonrío. No hay nada más honesto que un colchón: promete descanso, no felicidad eterna.

Mañana, cuando se despierten, dirán que siempre he sido rara. Que soy huraña. Difícil. Yo, mientras tanto, estaré desayunando churros en cualquier bar de carretera, disfrutando de la maravillosa e irónica soledad de quien ya no espera que ni doce uvas ni un grupo de WhatsApp le salven la vida.

Al fin y al cabo, el mejor ritual de Año Nuevo no es entrar con el pie derecho, sino saber cuándo salir corriendo con los dos.

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