TEMPLE

Cada vez que llueve el mundo se desdibuja. Solo la vegetación reverdece. La gente corre sin rumbo y los que sobreviven pierden brazos, pies, orejas o cualquier parte del cuerpo mojada.

Luego, cuando escampa, mi madre coge las acuarelas y pinta de nuevo el mundo a su imagen y semejanza. Hoy ha cambiado el bar de la Lupe por una ferretería. Papá pasaba muchas horas allí, murmura con el pincel entre los dientes mientras rehace el luminoso del escaparate. Lupe se llama ahora Ramón, tiene bigote, el torso musculado y unos dedos atrevidos.

Yo le recrimino que juegue a ser Dios, pero ella hace como que no me oye y, con su sonrisa maliciosa, llena de estrellas el cielo en pleno día.

Mis compañeros me envidian. No sé cómo explicarles que vivo aterrada desde que se han acabado las témperas indisolubles con las que me retocaba los colores cada mañana.

Relato finalista en la Convocatoria de celebración de 10 AÑOS ENTC

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