PLAÑIDERAS

No queda ni rastro de la fiesta de compromiso en la vieja mansión de los Montenegro. Solo se oye el ruido del polvo que se posa sobre los muebles desnudos y el roce de las pesadas cortinas de terciopelo que impiden el paso de la luz en la habitación de juegos. Ha transcurrido una semana desde que la señorita Clara se cortara las venas. Todavía se aprecian las marcas de sus muñecas, aunque, de tanto llorar, sus pequeños cuerpos de plástico están empezando a pudrirse.

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