INVISIBLES

Había pedido a los Reyes Magos que le devolvieran a su papá y, ya de paso, si les sobraba alguno, un coche rojo teledirigido como el que había visto en un escaparate. Durmió poco. Le dolía el estómago, por los nervios, quiso suponer. Al despertarse corrió torpemente hacia el árbol, pero ya no estaba. Que lo habían tenido que cortar durante la noche, le dijeron. Por el frío. Cabizbajo se acercó al fuego donde ardían sus ilusiones y las últimas ramas y se sentó junto a los demás. Extendió las manos para que le entrasen en calor. Unos minutos después oyó a su espalda el inconfundible golpeteo sordo de los camellos sobre el asfalto y el tintineo juguetón de las regias coronas. Ni siquiera se molestó en girarse para verlos, como hacía siempre. Por alguna razón que no acababa de comprender, tuvo la certeza de que también este año pasarían de largo.

Finalista en el VII Concurso de microcuentos navideños Vithas Neurorhb

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