HERENCIA

Heredé la bicicleta de mi hermano una fría tarde de invierno. Siempre deseé tener una como la suya, con el cuadro rojo y brillante y suspensión en la rueda delantera. Recuerdo que, a pesar de la emoción del momento, no estaba tan feliz como había imaginado. Al principio me costó mantener el equilibrio, me temblaban las piernas y me aferraba con tal fuerza al manillar que me hacía daño. Poco a poco aprendí a respirar hondo para espantar la angustia. Desde entonces no he dejado ni un solo día de pedalear hasta quedar exhausto. Necesito sentir el latido desbocado de su corazón en mi pecho.

Publicado en la antología del V Premio de Microrrelatos de Manuel J. Peláez

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