AL FINAL DEL CUENTO

—Voooy —grita desde la habitación en cuanto huele el café recién hecho. Y se apresura por el pasillo dejando a su paso un inconfundible olor a madera recién lavada.

Sentado a la mesa toquetea su nariz, como siempre que se impacienta. Ha vuelto a cortarse con la cuchilla de afeitar y unos minúsculos granos de serrín se desprenden de la herida abierta y caen sobre el mantel.

Geppetto termina de untar como puede las tostadas y, afligido, se pregunta una y otra vez quién le podará las ramas que le brotan en el pecho cuando él ya no esté.

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