EL INCONFESABLE SECRETO DE LA HUMANIDAD

De pequeña me contaron que a los padres los trae la cigüeña desde Oriente envueltos en preciosos paños de oro, incienso y mirra. Y que el señor Pérez, el hombre más rico del pueblo, se convirtió en ratoncillo porque comía muchos dulces y se le cayeron todos los dientes. Y que los sapos eran unos animales enamoradizos que a todo el que besaban se convertía en estatua de sal. Y yo me lo creí a pies juntillas. Hasta que lo conocí a él, un hombre pegado a un sombrero que gusta de veranear en el desierto del Sáhara y presume de conocer cada grano de arena que habita en él. Llegó una tarde sin previo aviso, justo a la hora en la que el sol se toma un descanso para atildarse los rayos antes de volver a brillar. Se sentó a mi lado y sin más comenzó a hablar. Me contó que esas historias son una falacia con la que el Gran Hermano pretende mantenernos controlados. Desde ese momento no me he separado de él ni un solo instante. Es el ser más puro, genuino y natural que haya conocido jamás. Y no lo digo porque me revelase que todos descendemos de un calamar gigante, el inconfesable secreto de la Humanidad, no. Solo hay que ver con qué arte se quita cada noche el sombrero y deja, como sin querer, que sus tentáculos se desparramen por todo mi cuerpo.

#historiasdeanimales Zenda

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