EL ÁRBOL DE LA VIDA

Cuando nos mudamos de casa, lo primero que hizo mi mujer fue intentar reanimar el esqueleto de un árbol que había en el jardín.

Con los primeros riegos sus ramas empezaron a desentumecerse y le salieron un puñado de hojas pecioladas, tres huevos de codorniz y un gorrión esmirriado al que le faltaban casi todas las plumas. Lejos de desanimarse, añadió abono al agua de riego. Y surtió efecto: en verano el árbol dio dos hermosos agapornis azulados y una familia de jilgueros que no paraba de cantar. Se notaba que cada vez estaba más fuerte porque poco a poco se fue llenando de canarios, pájaros carpinteros, golondrinas. Hasta le creció un hermoso pavo real que era la envidia de todos los vecinos.

Nueve meses después, el árbol está que da gusto verlo: alto, robusto, verde intenso, frondoso. Lo malo es que desde que le brotó una cigüeña en una pequeña rama lateral el jardín se está llenando de bebés.

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