DE AQUELLOS LODOS…

Ni siquiera los más viejos del lugar recordaban una nevada como esa, y menos aún en el mes de julio. Los copos, rápidos y silenciosos como un ladrón de sueños, se habían adueñado de la cálida noche estrellada y la ocultaban bajo su manto.

Del calendario cayeron fulminados seis meses entre ensordecedores alaridos de dolor y desconcierto. La peor parte se la llevaron los días de verano al golpearse directamente contra el suelo y tener que soportar, además, el peso del otoño que se precipitó sobre ellos.

Sin apenas tiempo para recuperarse del susto, la tierra se inclinó bruscamente sobre su eje y todos comenzaron a rodar hasta convertirse en un amasijo de fechas quejumbrosas y ensangrentadas que tiritaban de miedo y de frío.

El caos era total.

Al percatarse del desastre, las horas detuvieron su tic tac impenitente y acudieron prestas en su ayuda: torniquetes, puntos de sutura, vendajes,… Las saetas se movían con precisa rapidez para estabilizar a los heridos y, mientras los minutos operaban a los más graves, los segundos repartieron agua, alimentos y mantas en un santiamén.

Cuando parecía que la situación comenzaba a calmarse, un fin de semana reparó en que las jornadas primaverales habían desaparecido y dio la voz de alarma. Los pocos que podían moverse salieron renqueantes en su busca y aprovecharon los ánimos caldeados para abrirse paso entre la nieve. Las encontraron varios ratos después en una estación abandonada. Presentaban un aspecto lamentable, ateridas, pálidas y con los pétalos quebrados.

Fue la gota que enrareció el clima.

Y así seguimos.

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