PUNTOS

«Nuestro idioma es un punto».

He llegado a un punto que no sé si es seguido o final. Lo golpeo suavemente con la punta del pie y no se mueve. Parece que no respira. Tiemblo solo de pensar que sea un punto muerto. Me agacho para observarlo mejor desde todos los ángulos, pero no veo ninguna señal que despeje mis dudas. «¡Claro, qué tontería, si los puntos no tienen ángulos!», pienso. Alargo entonces mi brazo con la intención de tomarle el pulso y el muy filipino echa a rodar precipitadamente y a toda velocidad entre las frases. Imitando a un jugador de rugby, me lanzo tras él apartando con los hombros las palabras que se interponen en mi camino hasta tenerlo de nuevo en el punto de mira. Lo veo subir y bajar con agilidad las crestas de una M mayúscula capital y atravesar de un certero brinco el cuerpo hueco de una O para aterrizar con pasmosa precisión sobre el punto medio de la mullida virgulilla de una ñ vestida de faralaes. Apenas le queda el resuello suficiente para girarse ligeramente y comprobar su ventaja. Me relamo de gusto al ver que lo tengo a punto de caramelo. Solo tres palabras se interponen entre nosotros, pero en cuanto me dispongo a cruzar los espacios que hay entre ellas, las muy ladinas se juntan y forman una muralla infranqueable que me impide el paso. ¡Maldición! Agarro el primer acento que encuentro y un signo de interrogación y los utilizo a modo de ganzúa. Tardo un buen rato en encontrar su punto débil y romper la defensa sintáctica, pero finalmente lo consigo. Lo malo es que, recuperado ya del esfuerzo, en cuanto me ve aparecer, el punto continúa su camino con renovada energía y, emulando el grito de Tarzán, se descuelga hasta el final de la página utilizando las astas que sobresalen del cuerpo de las letras a modo de lianas. ¡Menuda jugarreta! Nerviosa miro una y otra vez aquí y allá; necesito encontrar una solución, y deprisa. ¡Ya está! Agarro la línea del margen con ambas manos, de un salto la rodeo con las piernas y me dejo caer como un bombero en estado de alerta a lo largo de la cucaña. Llego a punto de ver cómo se esconde sobre una ï, que ahora parece que tiene ojos y me mira descaradamente, entre vacilona y melindrosa. Me lanzo de cabeza hacia la vocal, con los brazos bien estirados para hacerme más grande, pero, cuando estoy a punto de apresarlo entre mis dedos, el pie de página me pone la zancadilla y caigo de bruces al suelo. Se me clava en la nariz el número 11 de la página y empiezo a sangrar. Me encuentro en un punto crítico: si no se detiene pronto la hemorragia, tendré que abandonar. Las normas dicen claramente que no se pueden manchar los libros. Antes de que pueda reaccionar, se ponen en movimiento varias palabras. «Ambulancia» sale la primera y, con la sirena encendida, abre el paso de la comitiva; «algodón», «agua» seguida muy de cerca por «oxigenada» y «paracetamol», algo más atrasada, llegan rápidamente hasta el lugar del suceso y me taponan la nariz con una destreza profesional que está fuera de toda duda. «Ambulancia» avisa por radio para que no vengan más efectivos, «no será necesario aplicarle ningún punto de sutura», le oigo decir. A lo lejos observo cómo «venda»”, «aguja e hilo», que comparten vehículo, «camilla» e «internista» reducen la velocidad y dan la vuelta en el primer párrafo que encuentran para regresar a su ubicación de origen. Mientras se retiran los servicios de urgencia, compruebo aliviada que lo único que hay que lamentar es el susto, dos tallas más de nariz y una mancha viscosa y brillante en mi camisa.

Me pongo de pie algo aturdida todavía e intento orientarme entre los puntos cardinales para reincorporarme a la persecución. El punto ya no está sobre la i, que intenta aparentar indiferencia silbando una bonita melodía y mirando con su ahora único ojo hacia algún sitio que parece estar cerca del cielo. No me dejo engatusar. Lo busco justo en la dirección contraria y ¡bingo!, ahí está, entre las cifras del año de nacimiento del autor, disfrazado de punto decimal. Se nota a la legua que es un punto de letras porque ¡¿a quién se le ocurre colocarse detrás de un millar?! Me lanzo a una carrera desenfrenada convencida de que esta vez no podrá escapar; sin embargo, sin venir a cuento, porque nada hacía presagiarlo un minuto antes, comienza a caer una aparatosa lluvia de puntos suspensivos que golpean oraciones, párrafos enteros y todo lo que encuentran a su paso, incluida a mí. Algunas letras no pueden evitar perder su punto de apoyo y se precipitan al vacío entre gritos de terror y alaridos lastimeros. Con la tormenta, apenas puedo distinguir lo que veo. Algunas grafías se resquebrajan dejando de ese modo en libertad la tinta de su interior, que se expande a lo largo y ancho de la página como un virus silencioso y corrosivo que la tiñe de negro calamar. Cubro mis ojos con las manos para que no se vea afectado mi punto de vista y me repliego sobre mí misma como una oruga asustada tratando de evitar las sacudidas de este brutal e inesperado temporal.

Espero impaciente a que remita y, en cuanto cesan el ruido y el viento, me atrevo a sentarme sobre la página empapada y miro muy lentamente a mi alrededor. Lo que veo es demencial. Apenas quedan algunas palabras reconocibles, aunque ni eso importa porque carecen de significado. Las mentes clarividentes de los adverbios, que bien podrían ayudar en estos angustiosos momentos, están atrapadas en los puntos negros del discurso y no hay margen de maniobra para sacarlas de allí. Debido a su lamentable estado, resulta imposible distinguir preposiciones y conjunciones y ni siquiera ellas mismas se reconocen unas a otras y mucho menos aún recuerdan su función gramatical. Los sustantivos, más enojados que deteriorados, no permiten que se les nombre. De todas partes llegan las exclamaciones de los adjetivos que no cesan de calificar la situación como insostenible, aberrante y vergonzosa. Versos con las rimas rotas. Diálogos sin guion. Faltas de ortografía que imploran la presencia de un corrector.

Me pregunto hasta qué punto ha merecido la pena esta aventura. Yo solo quería escribir, contar una historia que cupiese en un folio en blanco. Pero no he sabido dirigir las palabras, ordenarlas, marcarles un ritmo, prestarles mi voz. Y un simple punto fuera de lugar ha sido suficiente para arruinar todo el proyecto.

Ya me lo decía mi madre: «Hija, mejor te dedicas a hacer punto de cruz».

Finalista en el VII Premio de relatos “El folio en blanco”.

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