EL FINAL

Urbano se levantaba cada mañana con muy malos humos por lo que el índice de contaminación en su casa era tan elevado que nadie podía circular por el pasillo sin mascarilla hasta que él no terminaba de tomar una ducha, su desayuno y la pastilla para la tensión. Incluso había días en los que el índice de contaminación, el anular y hasta la mano entera se notaban a lo largo y ancho de toda la manzana. Su familia, acostumbrada como estaba a sus despertares, esperaba con la cara llena de resignación y legañas a que el último trago de café arrastrase los sueños que le hubiera gustado tener mientras dormía antes de abrir las ventanas y ventilar.

Hará cosa de un mes, un día de esos en los que el trabajo se acumula igual que el día anterior y vas acelerado, con la misma prisa de siempre, el coche de Urbano se paró sin avisar. «¡Menuda mierda!», se le oyó bramar alto y claro entre los poéticos versos de la letra de la canción que sonaba en la radio; y golpeó el volante con los puños para expresar la frustración, el desconcierto y la rabia que acababan de secuestrar su estado de ánimo. El atasco que se montó en un momento con su auto parado en el tercer carril de una vía de cuatro y con un tráfico denso como el puré de patatas fue monumental.

El hombre de la grúa llegó dos horas después con una sonrisa que le atravesaba la cara y un palillo entre los dientes que se movía con el ritmo de su cháchara. Porque, para hacer más corto el camino y más llevadero el infortunio, le habló a Urbano del tiempo, de la UEFA, de su pasión por tener un huerto en el campo cuando le llegase la edad de la jubilación y de su hija, una chica muy lista que va a la universidad en bicicleta.

—Los jóvenes están más preparados que nosotros para cuidar el planeta, ¿verdad «usté»?, — Urbano no apartó la vista de la ventanilla y tampoco entonces se molestó en contestar, pero el hombre de la grúa continuó hablando como si no le importaran los silencios.

El taller era amplio, luminoso, con la grasa justa para parecer un taller y no un concesionario. Urbano se dirigió a la oficina de administración, un cubículo todo acristalado que impedía guardar secretos, para ir adelantando con los papeles que le exigía su compañía de seguros.

—¿Por qué las llamarán así, «compañías», con lo solo que se siente uno en estas situaciones, verdad «usté»? —dijo el hombre de la grúa, que acababa de entrar en la oficina después de haber descolgado y aparcado el coche malherido de Urbano. Sin esperar respuesta, por la costumbre, se hizo a un lado y le presentó a su hija, la chica muy lista que, además de ir a la universidad en bicicleta, también echaba un cable en el taller cuando tenía tiempo—. Ella le ayudará con lo que necesite —y se marchó dejando la puerta algo entreabierta.

Nadie sabe lo que ocurrió allí dentro, ni siquiera yo que soy el narrador, y además omnisciente. Las malas lenguas aseguran que Urbano tuvo un affaire; otras, más clementes, que se hace mayor y empieza a chochear. Lo único cierto es que desde entonces Urbano canta en la ducha. Y su familia, también.

****************

En cuanto tengo ocasión me llego hasta el taller. Tiene la persiana echada, y por el óxido y la suciedad que se acumula en el hueco de la puerta, parece que hace mucho tiempo que está abandonado. Pregunto en el bar de enfrente. Allí me dan razón: a la hija del hombre de la grúa la enterraron hace más de tres años. La arrolló un conductor que duplicaba la tasa de alcohol cuando la muchacha iba a la universidad en bicicleta. La familia, rota de dolor, se mudó poco tiempo después y nadie ha vuelto a verlos.

—¿Es que los conocía usted? —pregunta la camarera mientras sacude con sus dedos gordezuelos los granos de azúcar que se me han caído sobre la barra.

Termino el café de un trago y dejo unas monedas sobre el mostrador. Necesito salir de allí cuanto antes y sacudirme el desconcierto. Pero apenas he caminado tres pasos cuando una joven en bicicleta se detiene a mi lado. «¿Narrador, vas a cambiar el final de la historia?». Durante un larguísimo instante titubeo. El sol se asoma entre las lorzas de una nube rolliza y sus rayos reverberan sobre la bicicleta, que está totalmente deformada y le falta un pedal. «No, será nuestro secreto», pienso. Desde el otro lado de la calle, el hombre de la grúa me guiña un ojo, se cambia el palillo de lado y arranca.

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