UN FINAL DE CUENTO

Había una vez una célula que no era feliz. Se lamentaba de que en su vida no había hecho otra cosa que trabajar febrilmente en aquel ambiente húmedo, oscuro y espeso en el que tenía el espacio justo para moverse. Las tareas que llevaba a cabo eran muy especializadas y de suma importancia por lo que se le exigía una disciplina y una concentración extremas para evitar que se rompiera la cadena de producción y se produjera un accidente. Ese despiadado ritmo frenético y rutinario se le hacía cada vez más insoportable. Estaba convencida de que ella era importante, especial, diferente a las demás, y lo iba a demostrar.

Empezó a idear un plan. Lo primero que tendría que hacer sería burlar a los malditos macrófagos, unos soldados uniformados de blanco que trabajaban en el Departamento Inmunológico y que tenían la orden de eliminar sin compasión a todo el que se saliera de la norma o no cumpliera con su tarea. Para ello, localizó cámaras de seguridad, puestos de vigilancia y cronometró los cambios de guardia. Observó también que cerca de allí discurría un torrente sanguíneo que podría utilizar para huir, aunque estaba muy vigilado y necesitaría hacerse con alguna herramienta para atravesar la vena que lo protegía. Ensimismada como estaba con todos estos detalles, en un par de ocasiones sus compañeras tuvieron que llamarle la atención porque se retrasaba y les hacía perder el ritmo. Preocupada de que nadie sospechase nada, se entregó con denuedo a su tarea mientras seguía ideando mentalmente su plan con paciencia.

Pocos días después hubo una subida irregular de temperatura; ya había ocurrido antes, pero esa vez se alcanzaron los cuarenta grados. El lugar parecía la antesala del infierno. Les faltaba el aire y era imposible dejar de sudar.  Algunas células, agotadas por el esfuerzo extra, comenzaron a sufrir deshidratación, mareos, desmayos e incluso síncopes. La situación se hacía por momentos angustiosa y se agravó aún más con el impetuoso ataque de unos minúsculos virus muy agresivos que lograron burlar la vigilancia y las atacaban indiscriminadamente desde todos los flancos. El Departamento Inmunológico no daba abasto para mantener sus líneas de defensa y se produjo una auténtica batalla campal. Nuestra célula protagonista aprovechó el caos para escapar. Después de quitarle su arma y el uniforme a un macrófago herido, corrió hasta la vena, le hizo un boquete y saltó al torrente sanguíneo, pero a punto estuvo de ahogarse porque no había contado con la enérgica intensidad de la corriente producida por el rápido bombeo del corazón. Como pudo se agarró al primer capilar que encontró, lo rasgó no sin dificultad y se alejó de allí dejando a su paso un reguero de sangre. Caminó desorientada un buen trecho hasta que tropezó con un pliegue orgánico perfecto para esconderse y descansar. A pesar del estruendo de la batalla que se estaba librando a su alrededor, durmió plácida y profundamente. Cuando despertó, apenas se oía nada y se asomó para echar un vistazo. El suelo estaba cubierto de cadáveres de células y virus que los soldados blancos, extenuados y doloridos, retiraban lo más deprisa que podían mientras las células que aún quedaban en pie se esforzaban por recuperar el orden. Se mezcló entre ellas sin llamar la atención. Enseguida localizó a un grupo que estaba al límite de sus fuerzas; así, tan vulnerables, no le resultó difícil convencerlas de que se aliaran con ella. Con la complicidad de sus nuevas amigas, comenzó a reproducirse a toda velocidad. Si algo tenía claro es que debía formar su propio ejército para repeler los ataques, porque no tardarían en descubrirla y dar la señal de alarma. Aleccionó bien a sus hijas, y estas a las suyas, y así sucesivamente hasta que tuvo la seguridad de que eran suficientes y estaban preparadas para la conquista. Solo entonces pasaron a la acción.

Sufrieron numerosas bajas en el cuerpo a cuerpo con los soldados blancos, pero aguantaron todos los envites y salieron victoriosas. Lo celebraron avanzando con júbilo sobre el terreno mientras vociferaban consignas de lucha ebrias de orgullo y agitaban en el aire pañuelos blancos que habían fabricado con los uniformes de los macrófagos para que todo el mundo pudiese contemplar su poderío y autoridad. A su paso invitaban al resto de las células a dejar sus precarios y aburridos empleos y unirse a ellas. Poco a poco su ejército fue aumentando. Gritaban cada vez más fuerte lo que hacía practicamente imposible escuchar los consejos de las células sensatas que intentaban hacerlas entrar en razón para que desistieran de su alocada aventura.

La facilidad con la que acababan con todo aquel que se atrevía a meterse con ellas las embriagó de soberbia. Se creían invencibles y nuestra célula protagonista, que ahora sí era feliz, contemplaba vanidosa su gran obra.

Una noche, mientras bailaban y bebían eufóricas y desenfrenadas en una macrofiesta que montaron para celebrar sus éxitos, se vieron de pronto sorprendidas por una pequeña patrulla que, sigilosa, se acercó hasta allí y cerró las puertas del recinto dejándolas atrapadas y sin salida. Muchas no se dieron ni cuenta hasta que no empezó a caer sobre ellas una lluvia de gas químico que, al inhalarlo, las asfixiaba lenta y agónicamente entre profundos retortijones de dolor. Para entonces ya era tarde. Corrían en todas las direcciones para escapar del ataque, y se pisaban unas a otras en un intento desesperado de huir, pero no había salida. Ya no. El ataque no terminó hasta asegurarse de que no quedaba nadie vivo dentro del recinto. Nuestra célula protagonista fue de las últimas en morir, pero la primera en perder la sonrisa.

El cuerpo tardó un tiempo en recuperar la normalidad. Hubo que eliminar todos los cadáveres y sustituir a las células heridas de gravedad y caídas en combate. Sin embargo, las supervivientes trabajaron todas a una infatigablemente hasta conseguirlo. Y desde entonces vivieron felices y alerta para que nada de esto volviera a suceder.

#historiasdesuperación de Zenda

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