UN CUENTO DE MALA CALIDAD

Ana termina de leer el cuento de Cenicienta y lo arroja al agua. Su madre, que hace visera con la mano desde la toalla y no la pierde de vista, finge que no se da cuenta. Piensa en su marido, en la cantidad de horas que pasa en la oficina también en verano, y en que tiene que comprar unas zapatillas nuevas para Ana, que está creciendo muy deprisa. Y le comprará también otro cuento, porque a Ana le gusta mucho leer y aprender palabras nuevas. Siempre dice que cada vez que lee es como si le salieran alas y pudiese volar. El último día de clase contó que de mayor va a ser arqueóloga para desenterrar el pasado; también quiere viajar al espacio a visitar a la Osa Menor —«Si se apellida como nuestro mar, tiene que ser el lugar más bonito del cielo», explica emocionada—, e inventará una máquina para hacer helados que no se derritan con el calor, así todo el mundo podrá comerlos en la playa sin que caigan churretones en las toallas. La madre de Ana está muy orgullosa de su hija.

Ajeno a todos estos pensamientos y emociones, el cuento de Cenicienta se bate contra las olas en una lucha feroz y desigual. Intenta mantenerse a flote apretando firmemente sus páginas, cada vez más húmedas, en un intento desesperado de mostrar resistencia al tempestuoso líquido que le azota el lomo y se cuela ora por el flanco de su cubierta, ora por el de la contraportada, como un ejército de gotas infinitas pertrechadas con balas de espuma y sal. Cuando ya parece que el cuento no puede más y está a punto de hundirse, exiguo de fuerzas y argumento, llega corriendo el socorrista con su llamativo bañador rojo y su salvavidas anaranjado y se lanza de cabeza a rescatarlo. El muchacho, con su brazada limpia, serena y vigorosa, en seguida llega hasta él. Lo sujeta firmemente con una de sus manos y lo mantiene sobre la superficie para que no se siga mojando mientras que con la otra, como si fuera un remo, empuja el agua para desplazarse de medio lado y llegar hasta la orilla, donde lo deposita con mucho cuidado antes de zambullirse de nuevo para recuperar las hojas sueltas que se han quedado flotando exangües a la deriva.

Los turistas se van concentrando poco a poco alrededor del lugar donde suceden los hechos y siguen con mucha atención todo el proceso. Están asustados, no saben bien lo que ocurre. Algunos chillan nerviosos, otros se tapan la boca para no chillar. Cada vez se congrega más gente alrededor. Un joven que estudia medicina se ofrece voluntario para ayudar, aunque no sabe bien qué hacer y camina de un lado para otro como un pasmarote.

Mientras, en el cielo, un cúmulo-nube con forma de oveja que llega desde el norte choca contra un cirro-nube muy delgado y despistado proveniente del sur. Son viejas conocidas. Se paran justo encima de la multitud a saludarse, hablan del tiempo y, ya de paso, fisgonean un rato para enterarse de lo que está ocurriendo allá abajo.

El socorrista ha vuelto a la orilla con las hojas que faltaban. Abre el cuento, lo extiende sobre la arena, coloca a su lado las páginas sueltas que acaba de rescatar y procede presto a aplicarles la maniobra de RCP, dando prioridad a los párrafos que están más afectados. La operación es extremadamente delicada porque la tinta se ha desleído en un número elevado de líneas y el papel está lánguido y muy débil y corre el riesgo de rasgarse del todo si no se le trata con cuidado. A pesar de los esfuerzos y el empeño que pone el socorrista, para la pobre Cenicienta ya es demasiado tarde y solo puede certificarse la hora de su muerte. Sin embargo, las hermanastras, al sentir el contacto del musculoso socorrista, recuperan el aliento y son evacuadas rápidamente al hospital más cercano bajo el aplauso y las ovaciones de los atentos curiosos que están allí congregados. A continuación, y como si fuera una procesión, empiezan a salir del cuento unos ratoncillos vestidos de cocheros con los bigotes chorreando; el hada madrina, muy preocupada porque no encuentra su varita mágica; la madrasta, algo aturdida todavía, pero con su genio intacto y una sardina pegada en la punta de la nariz; y finalmente un montón de invitados al baile intentando arreglar rápidamente su aspecto desaliñado bajo la mirada atónita de los bañistas, que no pueden evitar proferir exclamaciones de perplejidad al verlos tropezar en la arena con sus lujosos trajes, aptos para un baile de cuento, pero no para caminar por la playa.

En una de sus idas y venidas de un lado para otro, el muchacho joven que estudia medicina encuentra un zapato de cristal semienterrado en la arena. Lo coge, lo observa del derecho, del revés, al trasluz y, como no sabe qué hacer con él, se lo pone a un pie de página cuando nadie lo mira y se quita el problema de encima.

El que no aparece por ninguna parte es el príncipe azul. Una mujer bajita, de carrillos sonrosados y voz cantarina, como de jilguero, organiza a los presentes en batidas para buscarlo entre líneas, bajo las conjunciones, detrás de los adverbios, en las sangrías, los márgenes,…, pero nada. No hay ni rastro de él. Tras dar la voz de alarma se ponen en marcha los buzos y helicópteros de la Guardia Civil y las lanchas de Salvamento Marítimo, que rastrean la zona por tierra, mar y aire sin resultados.

Ana, algo apartada de la multitud, observa en silencio mientras con sus puños apretados detrás de la espalda estruja una hoja de papel. Su madre, que no la pierde de vista, esboza una sonrisa, orgullosa. El próximo cuento que le compre será de mejor calidad.

Primer premio en la «1ª Edición de relatos del Mar Menor».  Consejería de Turismo y Cultura de la Región de Murcia.

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